Icono

Término griego (“eikon”) cuyo primer significado es ‘imagen’. En las versiones griegas de la Sagrada Escritura la palabra se usa, en primer lugar, para designar al hombre creado a imagen de Dios. Se emplea también para hablar de Jesucristo, imagen del Padre (Col 1,15; Jn 14,8). A partir de aquí y con fundamento en la encarnación, se multiplicaron imágenes de Cristo, de la Virgen María y de los santos, que se hicieron semejantes a su modelo: Cristo. Esto permite entender el sentido fuerte del término “icono” para referirnos a las representaciones (preferentemente pictóricas) del Señor, de la Virgen y de los santos. En el Occidente cristiano, se ha subrayado casi exclusivamente el carácter pedagógico o evocativo de la imagen sagrada.

En particular, damos el nombre de “icono” a cada una de las imágenes de la tradición oriental (representaciones de misterios de la fe, del Señor, de la Virgen o de los santos). Según la teología oriental, el icono es Palabra de Dios “pintada”. Los iconos tienen un estatus semejante al de la Sagrada Escritura. La imagen sagrada es una ventana que hace verdaderamente presente aquel a quien representa y es siempre una invitación a la oración. Por eso, los iconos responden siempre a un canon sagrado y tradicional. El iconógrafo tendrá su estilo propio, pero representa la imagen siguiendo un canon prefijado y evitando siempre una representación naturalista. La oración ante el icono permite llegar a una comunión verdadera con Cristo, la Virgen o los santos. Por eso, el lugar del icono es siempre un espacio de oración y, por ende, venerado: se venera a aquel que en el icono se hace presente.

En Oriente la oración ante los iconos es muy popular, no es para expertos. Por estos y más motivos, la tradición iconográfica oriental puede ser para nosotros los occidentales una real inspiración para superar los límites de nuestra propia tradición, fundamentalmente el excesivo naturalismo que dificulta percibir lo sagrado de la representación. Desde esta perspectiva es como habría que educar en la contemplación y veneración de las imágenes que hay en nuestras iglesias. “Las imágenes del arte cristiano, cuando son auténticas, ayudan a intuir por medio de la percepción sensitiva que el Señor está vivo, presente y actuando en la Iglesia y en la historia” (DC 209-210).

Bibliografía

J. Castellano Cervera, Oración ante los iconos, Centro de Pastoral Litúrgica, Barcelona 2021; L. Uspenski, Teología de los iconos, Sígueme, Salamanca 2013; M. Rakczkiewicz, “El rostro de Cristo, icono de Dios”, en Teología y Catequesis 141 (2018) 57-74; T. Velmans, El icono, Mensajero, Madrid 2005.

Ángel Castaño Félix