Catecismo de la Iglesia católica

La asamblea extraordinaria del Sínodo de los Obispos de 1985 pidió la elaboración de un catecismo o compendio de toda la doctrina católica, tanto sobre la fe como sobre la moral, que sería como un texto de referencia para los catecismos o compendios que se redactan en los diversos países. A partir de este momento y durante seis años, desde el año 1986 hasta 1992, se produjo todo un trabajo de amplísima colaboración y verdadera sinodalidad de la Iglesia universal en torno a este proyecto (FD 2).

El Catecismo de la Iglesia católica fue aprobado el 25 de junio de 1992 y su publicación fue ordenada a través de la constitución apostólica Fidei depositum el 11 de octubre de 1992, en el trigésimo aniversario de la apertura del Concilio Vaticano II. La presentación oficial de la edición típica latina del Catecismo de la Iglesia católica, que había aprobado y promulgado Juan Pablo II con la carta apostólica Laetamur magnopere, fue el 15 de agosto de 1997 en la Solemnidad de la Asunción de la Virgen María. El 22 de septiembre de 1999 aparecía la nueva edición española del Catecismo, ajustada con fidelidad al texto latino, con sus enmiendas y enriquecimientos.

Desde los primeros compases de su redacción, el Catecismo de la Iglesia católica sigue los principios que expuso el Concilio Vaticano II en la constitución sobre la revelación divina Dei Verbum. La Sagrada Escritura y la tradición (testimonio de la Palabra de Dios) no son dos fuentes separadas de la doctrina y de la vida eclesial, sino que “están estrechamente unidas y compenetradas; manan de la misma fuente, se unen en un mismo caudal y corren hacia el mismo fin” (DV 9). Esta visión unitaria, junto con la jerarquía de verdades (e inseparablemente de ella) fue la idea directriz que determinó la concepción y la realización del Catecismo de la Iglesia católica.

¿Cuál es el propósito y la razón de ser del Catecismo de la Iglesia católica? Tal como el mismo Catecismo afirma, su propósito es “ayudar a profundizar el conocimiento de la fe” (de ahí su acento en la exposición doctrinal) y “está orientado a la maduración de esta fe, su enraizamiento en la vida y su irradiación en el testimonio” (CCE 23). Aun en un plano instrumental, quiere ser un medio al servicio de “la gracia de la fe”, que “abre «los ojos del corazón» (Ef 1,18), para una inteligencia viva de los contenidos de la revelación, es decir, del conjunto del designio de Dios y de los misterios de la fe, de su conexión entre sí y con Cristo, centro del misterio revelado” (CCE 158). El Catecismo está al servicio del “misterio de la fe” y su transmisión; un misterio que “la Iglesia lo profesa en el símbolo de los apóstoles y lo celebra en la liturgia sacramental, para que la vida de los fieles se conforme con Cristo en el Espíritu Santo para gloria de Dios Padre”. De ahí que este misterio exija que “los fieles crean en él, lo celebren y vivan de él en una relación viviente y personal con Dios vivo y verdadero” y “esta relación es la oración” (CCE 2558).

Se alcanza también una mejor comprensión de la trascendencia del Catecismo de la Iglesia católica al percibir que, si bien la fe tiene que ver en primer lugar con realidades, con hechos, no con experiencias o conceptos (“el acto [de fe] del creyente no se detiene en el enunciado, sino en la realidad [enunciada]”, CCE 170), esto en sí no es óbice para que los hechos se dejen formular en proposiciones, ya que una fe sin proposiciones de fe no tendría ninguna relación a los hechos.

Las proposiciones de fe forman un todo doctrinal al que la lengua cristiana designa como “depósito de la fe”. “Guarda el precioso depósito que se te ha confiado” (2 Tim 1,14). “Conservar el depósito de la fe es la misión que el Señor confió a su Iglesia y que ella realiza en todo el tiempo” (así rezan las primeras palabras de la constitución apostólica del papa Juan Pablo II para la publicación del Catecismo). Por eso la doctrina y la vida no pueden ser contrapuestas (¿cómo podemos amar sin comprender?); por tanto, la educación en la fe debe ser también una introducción a la comprensión de la fe (intellectus fidei). La mejor comprensión de la fe profundiza también la confianza en esta fe y así también la confianza en el camino de la vida que la fe nos enseña.

El Directorio para la catequesis le dedica el entero capítulo sexto dentro de la segunda parte dedicada a los procesos de la catequesis.

Bibliografía

Benedicto XVI, “Prólogo”, en Youcat; J. Ratzinger y C. Schönborn, Introducción al Catecismo de la Iglesia católica, Ciudad Nueva, Madrid 1994; Juan Pablo II, carta apostólica Laetamur magnopere, por la que se publica la edición típica latina del Catecismo de la Iglesia católica (15 de agosto de 1997); Juan Pablo II, constitución apostólica Fidei depositum, por la que se promulga y establece el Catecismo de la Iglesia católica (11 de diciembre de 1992).

Adolfo Ariza Ariza