Dei Verbum

La constitución dogmática Dei Verbum sobre la divina revelación fue promulgada el 18 de noviembre de 1965, en la octava sesión del Concilio Vaticano II, por el papa Pablo VI. Había comenzado a discutirse un mes después del inicio del Concilio, el 14 de noviembre de 1962, y el debate no concluyó hasta su última sesión. Las cinco redacciones que tuvo el texto, pasando del primer esquema, titulado De fontibus revelationis, al segundo, De divina revelatione, da cuenta del cambio operado en los padres conciliares sobre el objeto del documento: de las fuentes de la revelación a la revelación en sus fuentes. Aunque el documento trate más bien de la Sagrada Escritura, esta se sitúa como testimonio de la revelación y de la Palabra de Dios. En efecto, exceptuado el primer capítulo, “La revelación en sí misma”, los títulos de los restantes capítulos, “La transmisión de la revelación divina”, “La inspiración de la Sagrada Escritura y su interpretación”, “El Antiguo Testamento”, “El Nuevo Testamento”, “La Sagrada Escritura en la vida de la Iglesia”, muestran que de lo que se trata es de la Sagrada Escritura.

Aunque en continuidad con los concilios anteriores (DV 1), el concepto de revelación que se refleja en el documento resulta el fruto de un cambio de teología. Desde una mirada divina, “Dios invisible (Col 1,15; 1 Tim 1,17), movido por su gran amor, habla a los hombres como amigos (Ex 33,11; Jn 15,14-15) y trata con ellos (Bar 3,38), para invitarlos y recibirlos a la comunión con él”. Dios no desea revelar un conjunto de verdades, sino “a sí mismo y dar a conocer el misterio de su voluntad (Ef 1,9)”. Este plan divino de revelación “se realiza con palabras y hechos intrínsecamente conexos entre sí”, que culmina en Jesucristo, mediador y plenitud de la revelación.

Los siguientes capítulos del documento tratarán del testimonio de esa revelación, es decir, de la Sagrada Escritura. Partiendo de “Cristo, nuestro Señor, plenitud de la revelación” que “mandó a los apóstoles predicar el Evangelio”, se describe la actividad apostólica “expresada de un modo especial en los libros sagrados”. Esa palabra de Dios, “consignada por escrito bajo la inspiración del Espíritu Santo”, confiada a los sucesores de los apóstoles, es la que guardan, exponen y difunden con su predicación (DV 9).

Tras un capítulo dedicado a la cuestión de la inspiración, y otros dos a la presentación y sentido de las dos grandes partes de la Biblia, Antiguo Testamento y Nuevo Testamento, el documento concluye con lo que ha supuesto una revalorización de la Sagrada Escritura en la vida de la Iglesia. Exhorta a que el estudio de la Sagrada Escritura sea “como el alma de la sagrada teología” y que el ministerio de la Palabra, esto es, la predicación pastoral, la catequesis y toda instrucción cristiana, se nutra y vigorice “con la misma palabra de la Escritura” (DV 24). Además, se recomienda la “asidua lectura y con estudio diligente” a los catequistas (DV 25). Pues como nos recuerda Catechesi tradendae, “la catequesis extraerá siempre su contenido de la fuente viva de la Palabra de Dios, transmitida mediante la tradición y la Escritura” (CT 27).

Bibliografía

A. Vanhoye, “La recepción en la Iglesia de la constitución dogmática Dei Verbum”, en J. Ratzinger et al., Escritura e interpretación. Los fundamentos de la interpretación bíblica, Palabra, Madrid 2004, 147-173; L. F. Ladaria Ferrer, “La Sagrada Escritura y el magisterio de la Iglesia”, en J. J. Fernández Sangrador y J. A. Mayoral (eds.), La Sagrada Escritura en la Iglesia, Biblioteca de Autores Cristianos, Madrid 2015, 213-240; V. Balaguer, “La economía de la Palabra de Dios. A los cuarenta años de la constitución dogmática Dei Verbum”, en Scripta Theologica 37 (2005) 380-405; V. Balaguer, “La Sagrada Escritura, testimonio y expresión de la revelación”, en Scripta Theologica 40 (2008) 345-383.

José Andrés Sánchez Abarrio